Sociedades y culturas precolombinas en el Oriente boliviano

Sociedades y culturas precolombinas en el Oriente boliviano

Gustavo Pinto Mosqueira

El Tawuantinsuyu quechua, en una actitud etnocéntrica, tenía el prejuicio de que los pueblos que habitaban en la periferia de sus fronteras, eran “chunchos”, o sea, salvajes. Pero por una razón básica: las etnias de las tierras altas al oeste de la Amazonia, como el caso de los Chiriguanaes de la Cordillera, habían resistido y expulsado la presencia incaica. Ese preconcepto fue reforzado por los cronistas españoles e historiadores –del Alto Perú y extranjeros – de los Andes.

Sin embargo, la antropología y arqueología amazónicas de los últimos 80 años, han demostrado lo contrario. Así, en la Sudamérica meridional tropical existían desde tiempos prehispánicos, sociedades o pueblos que son clasificadas como “aldeas agrícolas indiferenciadas” (Darcy Ribeiro), o como “cacicazgos teocráticos del monte tropical” (Steward y Fanon), tal el caso de los Mojos del Beni (W. Denevan). La evolución de estas sociedades, con un alto grado de complejidad social, religiosa y cultural, se explica porque la presencia del hombre en la Amazonia data de entre 5 a 12 mil años a.C. Recientes excavaciones arqueológicas en el oeste central de Brasil la datan en más de 20 mil años a.C.

Por eso, cuando llegan los españoles y mestizos paraguayos desde Asunción a lo que sería la gobernación de Santa Cruz, encuentran un conjunto de pueblos o culturas cuya evolución era tan antigua como cualquier otra del mundo. En efecto, la presencia de los Chané, emparentados culturalmente con los Mojos y Baures del Beni y los Machineri de Pando y otros grupos étnicos, se calcula en 1500 a.C. Las culturas del Mamoré o Mojos entre 1650 a 2500 a.C. Las de los Guaraní, contra algunos que dicen que eran advenedizos en la zona de la Cordillera y piedemonte sur andino, recientes investigaciones y análisis con carbono 14 de urnas funerarias, la calculan desde el 400 d. C. Por tanto, estas sociedades o culturas son antiguas en el Oriente boliviano.

Se puede asegurar que antes de la fundación de Santa Cruz de la Sierra en 1561, aún en la época pre misional, los españoles y misioneros se dieron cuenta que eran pueblos diversos por las muchas lenguas que hablaban; aspecto, éste, que la antropología contemporánea ha clasificado por familias lingüísticas, como ser: en Arawak (p.ej., la lengua de los Mojos, Baures, Machineri y Chané); en Tupi-Guaraní (ej., la de los Chiriguanaes, Guarayos, etc.); en Zamuca (la de los Ayoreos); en macro-Ge (la de los Chiquitos).

A pesar de esa diversidad lingüística, entre ellos se encontraban muchos rasgos semejantes o comunes, condicionados por la geografía tropical (clima cálido, abundante fauna y flora, similar altitud sobre el nivel del mar en la que habitaban, etc.). Esto permite hablar de un “área cultural prehispánica relativamente semejante” en el Oriente boliviano. Se podría hablar de una Cultura de la yuca en el territorio amazónico-chaqueño.

Exceptuando algunos grupos étnicos seminómadas (ej., los Ayoreos, Sirionós), esas sociedades o culturas agrícolas aplicaban como forma de cultivar el sistema de roza-tumba-quema del monte. Sembraban para su alimentación cotidiana principalmente, y en primer lugar, la yuca y el maíz, luego el maní, joco (zapallo), etc. En ciertas épocas del año vivían de la caza de animales del monte, de la pesca en los ríos, arroyos, lagos y lagunas. Cazaban, p. ej., el ciervo, la urina, anta, etc. Pescaban el sábalo, el surubí, el pacú, la palometa (piraña). También vivían de la recolección de frutos silvestres, como el del ambaibo, tarumá, lúcuma, piña, así como de la miel y cera. Esto requería un gran conocimiento de las posibilidades que el medio ofrecía para subsistir.

Del cultivo de la yuca y el maíz hacían una gran variedad de comidas y bebidas para su consumo diario y fiestas (convites). “El pan ordinario de esta tierra es la yuca, de esto es la mayor abundancia que hay en estos parajes”, decía el jesuita Marbán en 1676. Se cultivaba, sobre camellones artificiales, la yuca dulce y la amarga (venenosa), y se tenía, entre los Mojos, un avanzado saber culinario para prepararla: “La dulce era hervida o asada en las cenizas, después de haberla secado al sol. La yuca amarga era más útil y más común; se la prensaba, trabajaba y raspaba y secaba al sol; la harina se la tostaba como pan en la fuente de arcilla”. Los Mojos elaboraban también chica de yuca. Además, al igual que los Chané, cultivaban el camote, frejoles, ají y el maíz. Del maíz hacían chicha aplicando un procedimiento que no era tan sencillo. Cuando estaba lista se la echaba en la tinaja. Los Chiquitos, además de cultivar el joco, el tabaco, el maní y el maíz, también tenían como cultivo principal para su alimento la yuca amarga y la dulce. Al igual que los Mojos y Chané, tenían una gran estima por su campos y sembradíos. Hacían también chicha de maíz. En el Chaco, los Chiriguanaes, además de cultivar joco y maní, sembraban yuca, pero en menor proporción. Su cultivo principal era el maíz. Tenían un conocimiento práctico para hacer varios tipos de alimentos del maíz, además de la chicha: ej., el atituro (grano de maíz entero cocido en agua), el atapii (grano de maíz tostado); el aticús (que es el mismo attipi pero molido); el cagüiy (especie de mazamorra sin sal); el muinti (harina de maíz ligeramente mojada), etc.

Como sostiene algún etnólogo, eran “sociedades sin Estado” o “sociedades contra el Estado”. Esto significa que no había una estructura social rígida o estamental, aunque sí tenían grupos o personas especializadas para cumplir ciertos roles. Así, unos chamanes hacían de curanderos. Otros, dirigían las celebraciones o fiestas religiosas. En unos casos el cacicazgo era semi hereditario y el jefe de la aldea podía elegir a más de una mujer para su esposa, como sucedía entre los Chiquitos. Pero en general se practicaba la monogamia. La familia, no la parcialidad como un colectivo, era la base de la vida social. Por ende, no eran sociedades colectivistas ni comunitaristas. Pues, ni el cacique estaba por encima de la sociedad, a no ser en casos de guerras o de traslado de todos de un lugar a otro por motivos agrícolas o de sequía.

En la mayoría de estas culturas estaban generalizadas otras costumbres, como el uso de la hamaca para dormir y descansar; el tejido del tipoy –especie de falda muy corta –que las mujeres sobre todo adultas tejían y llevaban y el de la camijeta con el que vestían los hombres mayores o el cacique; las celebraciones de fiestas religiosas o convites en las cuales se bebía mucha chicha de maíz o yuca con la participación de casi todos los adultos; fiestas a las que se invitaba a gente de otros pueblos o aldeas. Estas fiestas terminaban a veces en peleas por recordarse los agravios pasados.

La autoridad del cacique no era absoluta sino relativa. El cacique no tenía el derecho de castigar a otro. Generalmente lo hacía la familia del ofendido como forma de reparar el daño del familiar. “No tienen rey ni cabeza conocida, hay caciques por parcialidades a los cuales obedecen poco fuera de la guerra” se observaba de los Chiriguanaes en 1614. “Los caciques no tiene jurisdicción alguna sobre las gentes de sus pueblos; sólo en ocasión de la guerra es cuando gobierna” decía el P. Aller de los Mojos en 1667. “Viven pocos juntos como república sin cabeza, cada uno es señor de sí mismo…”, afirmó de los Chiquitos el jesuita Fernandez para el periodo pre misional.

En estas sociedades existían un conjunto de valores culturales básicos, como la hospitalidad y la vida en libertad. Los Mojos están “hechos a la vida libre y descansada de sus bosques” decía el Hno. de Soto en 1667. Esos pueblos gozan “en lo humano de suma libertad” escribió el jesuita del Castillo en 1678. Los Chiquitos vivían también en “plena libertad en su hábitat natural”. Cada uno de los Chiriguanaes “es rey porque ninguno reconoce a otro superioridad” decía el P. Diego Martínez en 1601. El fraile Calzavarini afirma que el Chiriguano lleva “escrita en su piel la ley de la libertad”. La expresión, Iyambae (“yo soy sin dueño”), lo dice todo.

¿Cuánto de esos saberes y valores son legados de aquellas culturas en la sociedad camba del Oriente boliviano, producto del mestizaje biocultural? Si la yuca está en nuestra mesa o comidas, y si descansamos o dormimos en una hamaca, se lo debemos a esos pueblos que también son parte de nuestro pasado y presente. El filósofo Mamfredo Kempff Mercado dice que los cruceños antes se echaban en la hamaca para pensar en el futuro; ahora, en plena modernización, la usan para “descansar” después del trabajo. Quizás por esto, Pedro Rivero Jordán el año pasado le obsequió una hamaca al presidente de Chile Sebastián Piñera. Si en nuestro lenguaje popular camba usamos palabras como “tipoy”, “bibosi”, “motacú”, “cuñapé”,….esas son influencias de las lenguas nativas cambas. Por lo menos hasta ahora, ningún cruceño ni beniano ni pandino sensato puede negar esas “marcas” en la forma de ser del camba.

(1ra. versión en limpio, 700 mil caracteres, sábado 14-01-11)

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